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Juan Rulfo

03, noviembre 2014

Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos. El Hombre

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Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí te tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que le di!” Lo dije desde que supe que usted estaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente… No oyes ladrar los perros.

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¡Señor, tu no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo transparente suspendido del suyo. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios? Pedro Páramo.

Juan Rulfo, Madre e hijo en casa (década de 1940)

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El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo. Sonreías. Dejabas atrás un pueblo del que muchas veces me dijiste: ‘lo quiero por ti; pero lo odio por todo lo demás, hasta por haber nacido en él’. Pedro Páramo.


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